
"¿Arde Paris?", "Oh, Jerusalen", "Esta noche, la libertad" y tantos otros títulos de inolvidables best sellers son parte de la herencia que Larry Collins (1929, West Hartford, Connecticut) nos deja. Muchos de los que ahora, ya creciditos, consumimos otro tipo de literatura, crecimos leyendo sus grandes novelas de intriga política y a menudo fondo social, historias en las que el terrorismo, la razón de estado o la corrupción estaban presentes desde la primera a la última página. Éramos jóvenes que durante el resto del año leíamos otro tipo de obras, a menudo obligados por los planes de estudios de la escuela y el instituto, pero que llegadas las vacaciones nos agarrábamos como un náufrago a una balsa a las novelas que Larry Collins supo narrar como nadie -en muchísimas ocasiones a dúo con su compañero y amigo Dominique Lapierre- tras las que asomaba siempre la punta de un iceberg enorme de documentación, investigación y síntesis.
¡Ah, las vacaciones...! Para mí, que he leído prácticamente toda su obra, Larry Collins era sinónimo de verano, de este mismo verano que asoma hoy el hocico como un perro que olisquea una puerta, y que irrumpe sin educación y sin contemplaciones, convirtiendo esta ciudad en un brasero. Y sin embargo, entonces era algo automático: con el final del curso llegaba lo último de Collins para acompañar mis largas jornadas de playa en el norte cantábrico, las tardes plomizas y de tormenta en un pueblo riojano o, un poco más tarde, mis enmarronados -laboralmente hablando- agostos madrileños. Durante aquellas semanas arrinconaba a mis autores preferidos, sesudos algunos y personalísimos otros, y me zambullía de cabeza en las páginas repletas de espionaje, intriga, emoción y política-¿ficción? de Collins. Mucho me temo que este verano que hoy comienza será un poco diferente sin él.


Justicia y Venganza
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