Amanda –suena a fulana- es un nombre sagrado en nuestro hogar desde que allí pensar era delito. Allí a muchas personas les exprimían el alma y la dignidad para obtener un batido de sangre y vísceras que papá dólar digería sin sentir arcadas. Mientras, los ojos del mundo no querían ver nada de lo que allí les sucedía a personas como mi amigo X –no menciono su nombre porque cualquier parecido con la realidad no es simple coincidencia. Él fue un ser que se volvió “invisible” durante meses. Allí, X fue sacado de su casa en la madrugada y arrojado a la oscuridad. Ya en la celda, le invitaron a degustar un menú exquisito. De entremés, le arrancaron un par de uñas, como quien se da un garbeo, mientras una garra estrujaba su virilidad en la entrepierna. Una vez rotos un par de huesos, de primer plato contempló cómo a alguien llamado Elena le hacían cosas que aquí intuimos en las pelis pero que allí, en un rincón de mierda de este planeta, sucedían. Cuando Elena dejó de ser alguien, a X le sirvieron el segundo plato, y le sodomizaron, utilizando para ello una pistola. Así que le dio por cantar, y cantó la traviata y hasta cantigas medievales. De postre, X escuchó su propia voz suplicando que le mataran, que le dieran matarile, que le “nominaran” y le expulsaran del programa. Meses más tarde, llevaron su cuerpo y lo que quedaba de su alma al estadio de fútbol donde halló cientos de larvas como él y enseguida se aclimató: calló, lloró, se lamentó, se sintió avergonzado ante su mundo y rezó por las madres; mi amigo X maldijo, se partió el alma e intentó morirse. Finalmente, luchó para volver a ser alguien “visible”. Hoy X enmudece cada 11 de septiembre, y si escucha la palabra “desaparecido” o ve en la televisión imágenes de entonces y de “allí”, tenemos que amarrarle. Hace años, cuando aparecía el “venerable” carnicero en su plácido arresto, tuvimos que esconderle el pasaporte para que no se plantaran en Londres X y su venganza. Cada noche X revisa los cerrojos de la puerta, se acuesta, oculta su alma bajo las mantas y blinda su memoria. Mi amigo X cumple una condena perpetua de pastillas, somníferos y tranquilizantes, saludables prácticas que no poseía el hombre que yo conocí un día. Mi amigo, mi amante, mi marido X, cuando acaricia el cabello de nuestra hija tiembla y se mira las uñas, y se besa los dedos, y cierra los ojos. Y cuando escucha algo parecido a “medidas excepcionales para defender la democracia” canturrea “Te recuerdo Amanda”, y yo me arrugo entera. El nombre que hoy suena a fulana es lo poco que les queda a quienes un día allí fueron invisibles.