
"¿Arde Paris?", "Oh, Jerusalen", "Esta noche, la libertad" y tantos otros títulos de inolvidables best sellers son parte de la herencia que Larry Collins (1929, West Hartford, Connecticut) nos deja. Muchos de los que ahora, ya creciditos, consumimos otro tipo de literatura, crecimos leyendo sus grandes novelas de intriga política y a menudo fondo social, historias en las que el terrorismo, la razón de estado o la corrupción estaban presentes desde la primera a la última página. Éramos jóvenes que durante el resto del año leíamos otro tipo de obras, a menudo obligados por los planes de estudios de la escuela y el instituto, pero que llegadas las vacaciones nos agarrábamos como un náufrago a una balsa a las novelas que Larry Collins supo narrar como nadie -en muchísimas ocasiones a dúo con su compañero y amigo Dominique Lapierre- tras las que asomaba siempre la punta de un iceberg enorme de documentación, investigación y síntesis.
¡Ah, las vacaciones...! Para mí, que he leído prácticamente toda su obra, Larry Collins era sinónimo de verano, de este mismo verano que asoma hoy el hocico como un perro que olisquea una puerta, y que irrumpe sin educación y sin contemplaciones, convirtiendo esta ciudad en un brasero. Y sin embargo, entonces era algo automático: con el final del curso llegaba lo último de Collins para acompañar mis largas jornadas de playa en el norte cantábrico, las tardes plomizas y de tormenta en un pueblo riojano o, un poco más tarde, mis enmarronados -laboralmente hablando- agostos madrileños. Durante aquellas semanas arrinconaba a mis autores preferidos, sesudos algunos y personalísimos otros, y me zambullía de cabeza en las páginas repletas de espionaje, intriga, emoción y política-¿ficción? de Collins. Mucho me temo que este verano que hoy comienza será un poco diferente sin él.
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El 22 de mayo de 1938 se producía la que fue la mayor fuga ocurrida durante la Guerra Civil española. Tuvo lugar en el Fuerte de San Cristóbal, ubicado en el monte Ezkaba, actualmente perteneciente al municipio de Ansoain, y desde el que se domina la ciudad de Pamplona-Iruña. Aquel día, 795 presos, republicanos y gudaris, redujeron a la guardia del penal y escaparon, abandonando tras ellos un hambre cruel y unas condiciones de vida inhumanas; huyeron, tratando de alcanzar la frontera con Francia. Fue la "gran evasión" que hubo de afrontar Franco y que resultó un fracaso por la persecución que iniciaron los requetés, las tropas franquistas y los falangistas que durante días se dedicaron a cazar "como a conejos" a los evadidos, en muchas ocasiones con la colaboración de la población civil y de la iglesia. Doscientos siete de los huidos fueron asesinados. De regreso a la cárcel, las represalias fueron en muchos casos brutales, aunque también se produjo una mejora en las condiciones de vida de los prisioneros del penal tras la llegada de un nuevo director y la destitución fulminante del anterior. La evasión supuso un desprestigio para el régimen carcelario fiel a Franco.
Recientemente ha salido a la venta el libro "Fuerte de San Cristóbal 1938", escrito por Félix Sierra e Iñaki Alforja y editado por la editorial navarra Pamiela, que incorpora un CD con imágenes, entrevistas y testimonios de los implicados en la fuga y/o de sus familiares. La página web dedicada a este episodio, hasta ahora casi desconocido fuera de Navarra, aporta detalles sobre el contexto histórico, los detalles de la evasión y testimonios simplemente escalofriantes de aquellos republicanos y gudaris vascos que vivieron, padecieron, se fugaron y fueron devueltos a la venganza y al presidio para dejar en él gran parte de sus vidas. Existe también una página Web con fotografías de gran calidad del Fuerte de San Cristóbal, que en la actualidad permanece cerrado mientras se intenta conseguir su cesión para usos civiles, y donde todos los años se realiza un acto de recuerdo a los asesinados durante aquellos dramáticos días.
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Amanda –suena a fulana- es un nombre sagrado en nuestro hogar desde que allí pensar era delito. Allí a muchas personas les exprimían el alma y la dignidad para obtener un batido de sangre y vísceras que papá dólar digería sin sentir arcadas. Mientras, los ojos del mundo no querían ver nada de lo que allí les sucedía a personas como mi amigo X –no menciono su nombre porque cualquier parecido con la realidad no es simple coincidencia. Él fue un ser que se volvió “invisible” durante meses. Allí, X fue sacado de su casa en la madrugada y arrojado a la oscuridad. Ya en la celda, le invitaron a degustar un menú exquisito. De entremés, le arrancaron un par de uñas, como quien se da un garbeo, mientras una garra estrujaba su virilidad en la entrepierna. Una vez rotos un par de huesos, de primer plato contempló cómo a alguien llamado Elena le hacían cosas que aquí intuimos en las pelis pero que allí, en un rincón de mierda de este planeta, sucedían. Cuando Elena dejó de ser alguien, a X le sirvieron el segundo plato, y le sodomizaron, utilizando para ello una pistola. Así que le dio por cantar, y cantó la traviata y hasta cantigas medievales. De postre, X escuchó su propia voz suplicando que le mataran, que le dieran matarile, que le “nominaran” y le expulsaran del programa. Meses más tarde, llevaron su cuerpo y lo que quedaba de su alma al estadio de fútbol donde halló cientos de larvas como él y enseguida se aclimató: calló, lloró, se lamentó, se sintió avergonzado ante su mundo y rezó por las madres; mi amigo X maldijo, se partió el alma e intentó morirse. Finalmente, luchó para volver a ser alguien “visible”. Hoy X enmudece cada 11 de septiembre, y si escucha la palabra “desaparecido” o ve en la televisión imágenes de entonces y de “allí”, tenemos que amarrarle. Hace años, cuando aparecía el “venerable” carnicero en su plácido arresto, tuvimos que esconderle el pasaporte para que no se plantaran en Londres X y su venganza. Cada noche X revisa los cerrojos de la puerta, se acuesta, oculta su alma bajo las mantas y blinda su memoria. Mi amigo X cumple una condena perpetua de pastillas, somníferos y tranquilizantes, saludables prácticas que no poseía el hombre que yo conocí un día. Mi amigo, mi amante, mi marido X, cuando acaricia el cabello de nuestra hija tiembla y se mira las uñas, y se besa los dedos, y cierra los ojos. Y cuando escucha algo parecido a “medidas excepcionales para defender la democracia” canturrea “Te recuerdo Amanda”, y yo me arrugo entera. El nombre que hoy suena a fulana es lo poco que les queda a quienes un día allí fueron invisibles.
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